domingo, 2 de octubre de 2016

"APRENDER A ADORAR"

“ADOREMOS AL SEÑOR PORQUE ES SANTO”  (Sal.98,9)

“¿Cómo podré imitar yo en el cielo de mi alma esa labor incesante de los bienaventurados en el cielo de la gloria? ¿Cómo podré llevar a cabo esa continua alabanza, esa ininterrumpida adoración?- Vivir arraigados y fundamentados en el amor. Esa es la condición necesaria para cumplir el oficio de Laudem Gloriae- Alabanza de su Gloria. 

El alma que penetra y vive en esas profundidades de Dios, que todo lo hace “en El, con El, por El y para El,” con esa mirada limpia que le da un cierta semejanza con el ser simplísimo, esa alma se arraiga más profundamente en su Amado mediante todos y cada uno de sus sentimientos y aspiraciones, mediante cada uno de sus actos por muy ordinarios que sean. Todo en ella rinde homenaje al Dios tres veces Santo.     

Es un Santus perpetuo, una incesante alabanza de su gloria….      Se postran ante él, lo adoran y arrojan sus coronas…En primer lugar el alma debe postrarse, sumergirse en el abismo de su nada, hundirse en El de tal manera, que encuentre “la paz verdadera, inalterable y  perfecta que nada pueda turbar, se ha abajado tanto que nadie irá allí a buscarla”. Entonces    podrá  adorar.

 ¡La adoración! ¡Es una palabra celestial! Se la puede definir como un éxtasis de amor. Es el amor abrumado ante la hermosura, la fortaleza, la inmensa grandeza del objeto amado. Es el amor que “cae en una especie de desfallecimiento”, en un silencio total y profundo, ese silencio que aclamaba David: “El silencio es tu alabanza.” Es la más bella alabanza, porque es la que canta eternamente en el seno de la apacible Trinidad.  


 Es también el último esfuerzo del alma que rebosa y ya no se puede expresar. ¡Adorad al Señor porque es Santo! El alma que se abisma en esos pensamientos y profundiza en ellos, con ese modo de “pensar de Cristo”, vive en un cielo anticipado, por encima de lo que es transitorio, por encima de las nubes y por encima de sí misma. Sabe que aquel a quien adora tiene en sí mismo toda la felicidad y toda la gloria”. (Sor Isabel de la Trinidad) 

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